De religión, fútbol y opio: La batalla cultural entre las fuerzas del cielo y las fuerzas de la tierra
Mini ensayo. Por Hernán Cazzaniga (*)
Existe una lectura vulgar, extendida tanto en el sentido común liberal como en cierta vulgata sociológica y de intelectuales de izquierda, que convirtió a una de las frases más célebres de Karl Marx en una condena simplista a todo entretenimiento popular.
Decir que "la religión es el opio del pueblo" se transformó, por transposición directa, en el axioma favorito de los detractores de la cultura de masas: con gesto de superioridad intelectual, estos fiscales de la cultura (religiosidad) popular dictaminan que el fútbol no sería más que el nuevo opio, una anestesia colectiva proyectada por los poderosos para adormecer las conciencias, neutralizar la protesta y ofrecer noventa minutos de evasión mientras el mundo real se desmorona.
Sin embargo, nada está más distante de la dialéctica que desarrolló Marx para pensar lo social.
La frase, habitualmente sacada de contexto, es decir, desvirtuada, es de un escrito de juventud titulado Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel (1844). Es algo más extensa que el extracto popularizado como aforismo:
"La miseria religiosa es, por una parte, la expresión de la miseria real y, por otra, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón, así como es el espíritu de situaciones sin espíritu. Es el opio del pueblo".
Así dicho, evidentemente la cosa cambia: es una idea mucho más compleja. Marx no escribió que la religión fuera un narcótico suministrado desde arriba para embrutecer.
Vale recordar que, en el siglo XIX, el opio no era solo el alucinógeno que se consumía en los garitos; era, ante todo, el único analgésico al alcance de los desposeídos para soportar el dolor físico del trabajo alienante.
En la cita completa se puede ver que no es solo bálsamo, es también protesta. Manifiesta de manera activa que el mundo, tal como está, resulta invivible; requiere de paliativos.
Cuando esta matriz conceptual se traslada al fenómeno futbolístico contemporáneo, la hipótesis de la anestesia se cae a pedazos. El fútbol popular nunca ha sido un elemento neutro de pacificación; es un lenguaje del afecto, un territorio simbólico donde la comunidad se reconoce a sí misma cuando las instituciones formales la han abandonado. Lejos de ser un mecanismo de sumisión, la pasión futbolera funciona no pocas veces como una trinchera afectiva donde la memoria, el cuerpo y el territorio resisten a las imposiciones de los poderosos.
En diferentes ocasiones, los estadios en Argentina se transformaron en escenarios de resistencia, sin perder su carácter festivo, coral, de «misa dominical» —dirían los ricoteros—, compartiendo algo de la estética futbolera, del pogo de las tribunas y el aguante de las hinchadas.

En diferentes épocas, los cánticos y las inscripciones en las banderas representaron y dispararon momentos de resistencia al poder, como cuando pesaba en Argentina la prohibición de cantar la marcha peronista y su melodía invadía sutilmente, con letra cambiada (una gambeta), como aliento al equipo. O de modo menos sutil cuando, durante la última dictadura, allá por el 79, la volvió a cantar literalmente la hinchada de Nueva Chicago en el popular barrio de Mataderos, previo a la primera huelga general convocada por Ubaldini.
Si acaso, la religión institucionalizada intentó encauzar la fe hacia el más allá, el fútbol trajo lo sagrado a la superficie de la tierra. La tribuna opera como un templo pagano donde se suspende la atomización individualista. Allí donde el mandato contemporáneo —la lógica del neoliberalismo que nos quiere soledades consumidoras— impera, el estadio y el banderazo exigen la presencia del cuerpo, el canto unísono, la respiración compartida y la vibración del barro que se extiende en las pantallas en instantes de comunión, como lo es el Mundial de fútbol.
Espacio cíclico de consagración de los héroes, de identificación colectiva con sus triunfos y fracasos olímpicos, y también campo de batalla cultural, de posiciones morales y políticas que se disputan en la propia sociedad.
Aquí introduzco una digresión para evitar lecturas lineales, panegíricas. Vale notar el sentimiento ambiguo que produjo el Mundial del 78, que la dictadura militar organizó para glorificarse y ocultar su plan criminal, perpetrado en lugares como la ESMA, a pocas cuadras del estadio de River Plate.
Testimonios de las víctimas señalan la ambigüedad de esa vivencia, de esa vía de escape del horror que momentáneamente provocaba escuchar los festejos. Hebe contaba comprensiva la actitud de su marido que, en medio de la búsqueda desesperada de sus hijos, encontraba, luego de la jornada de trabajo, el alivio de los goles de Kempes.
Dante Panzeri, polémico periodista deportivo de los 70, definió al fútbol como «la dinámica de lo impensado», se refería a las características del juego, a la imposibilidad técnica de prever todo lo que sucede, de evitar que el acontecimiento ocurra y deje patas arriba todo plan formulado, es decir evitar sorpresas.
Acostumbramos a verlos en una genialidad como hacer un gol con una mano invisible o gambeteando a todos los ingleses que salgan al cruce, para mencionar algunas obras cumbres de lo hasta ese momento impensable.
Y es que el acontecimiento es precisamente lo que emerge y performativamente direcciona el rumbo del devenir, cambia el sentido y resignifica aquello a lo que remite en los dramas personales y sociales, en el juego deportivo y en el combate político.
Cambia la historia allí donde fuerzas contrapuestas disputan sentidos y sentimientos para forzar destinos e imponer intereses. Donde se contraponen éticas e interpretaciones míticas, definiciones de la realidad y la existencia misma del ser que conjuga razón y pasión a cada paso.
El enfrentamiento entre la selección argentina y la de Inglaterra estaba dentro de lo previsible, aunque pudo no haber ocurrido. Es sabido que para los argentinos no es un partido más desde antes de la guerra de las Malvinas, desde el origen del fútbol en el Río de la Plata, y con más razón y emoción luego de aquella contienda bélica.
A nadie escapaba que la figura fantasmagórica del D10S nutría el estado de ánimo de los jugadores que debían presentarse a dar batalla en Atlanta. En la manera en que cantaron el himno en esa oportunidad resonaba la bronca de Maradona en el 90, en la previa con Italia. Había algo del orden de la espiritualidad que generaba la expectativa de que Messi saliera de la lámpara y cometiera un acto de humillación colosal.

Se sabía que no era solo un partido de fútbol, tampoco una guerra en sentido estricto, a pesar de que estaban «los pibes de Malvinas» en la memoria cantada en las tribunas.
Aunque, por cierto, no se conocía tanto que en las islas empresas inglesas asociadas con israelíes están llevándose el petróleo de la plataforma marina ante la inacción de la cancillería argentina, ni que el Gobierno nacional estaba pergeñando una ley de extranjerización del territorio argentino.
El espíritu de comunidad, el sentimiento común de hermandad, la sensación de estar religiosamente religados por los ídolos tuvo fisuras desde el inicio del Mundial cuando las autodenominadas «Fuerzas del cielo» pretendieron apropiarse de los triunfos del equipo y, en consecuencia, de cierto sentido de patria. Pero lo impensado —o mal pensado— o una simple actitud de sumisión a las imposiciones del capital le jugó una mala pasada al staff gubernamental cuando, a contramano de la trama que se estaba gestando con cada triunfo agónico, la ministra de represión, Monteoliva, transmitió la orden de no reivindicar el derecho soberano de nuestro país sobre Malvinas ni llevar «mapitas» al estadio.
Sin querer, provocó la rebeldía mentada en un cuarto de hotel, escrita sobre una sábana robada —como corresponde—, pintada por aquella mano de El Diego, pensando en los pibes de Malvinas, sin pensar acaso en la repercusión que tendría.

Las alternativas del partido jugado le pusieron el condimento justo. El dramático desenlace potenció la euforia; la identificación de los jugadores con su tribuna los llevó a recoger el legado hecho trapo. Hecho trapo en un doble sentido: simbólico, por lo que significa la actitud vendepatria de Milei; y material, por recoger la sábana y mostrar con alegría de hinchas su leyenda.
Un momento de suspenso, interminable por las millones de repeticiones de esa imagen globalizada, que sigue dando vueltas, reproduciéndose en distintos soportes. Inocultablemente orgullosa. Desafiantemente recogida del suelo.
Pensados quizás como un momento de distracción, los sucesos argentinos del Mundial se impusieron como acontecimientos memorables —de la talla del gesto de Rattín o de la gesta de Maradona—, se convirtieron en indigestos para las «Fuerzas del cielo» y dieron ánimo a las «Fuerzas de la tierra».
Dieron orden a los mitos y a los ethos encarnados en esta atmósfera política nacional que configura nuestro mundo argento, poblado de vendepatrias y arraigados.
Lejos de funcionar como un sedante que hiciera olvidar los problemas materiales, el triunfo actuó como un amplificador de la dignidad popular. El orgullo nacional recobrado en la cancha operó como un espejo donde el pueblo se vio a sí mismo fuerte, unido y territorialmente consciente, poniendo en valor el concepto de soberanía, sin chauvinismo. La energía acumulada en el festejo no se extinguió en el cotillón; se transformó en masa crítica. La masa que se movilizó para cambiar el rumbo de la inexorable ley de entrega. La misma que fue reprimida por la policía federal y de la ciudad de BS As, unidas en Santa alianza.

La verdadera paradoja para las élites apropiadoras que estaban detrás de este propósito residió en el efecto dominó de esta movilización. ¿Cómo convencer a un pueblo que acaba de reafirmar su identidentificacion con una causa territorial frente a una potencia histórica de que debe entregar su propio suelo al mejor postor?
La conexión entre el fervor malvinero reavivado en el Mundial 2026 y la resistencia popular contra la derogación o flexibilización de la Ley de Extranjerización de la Tierra se volvió inmediata. La reivindicación de las Islas flameando en las tribunas le recordó a la sociedad una verdad elemental: la tierra es el soporte de la patria. Vender los recursos hídricos, las cordilleras, la Patagonia o la pampa húmeda a capitales foráneos no es una "modernización económica", sino una forma silenciosa de colonialismo.
El sentimiento patrio que la mirada elitista juzgaba como un folclore inofensivo —o como un "opio" distractor— resultó ser el motor de la conciencia soberana. Las mismas multitudes que ocuparon las calles para celebrar el triunfo y reafirmar la argentinidad de Malvinas fueron las que detectaron que la entrega del territorio continental era la continuación del mismo despojo por otros medios.
El intento de imponer una doctrina desterritorializada que rinde culto al capital sin fronteras tropieza sistemáticamente con el espesor de la cultura popular. Quienes apelan a las "fuerzas del cielo" para legitimar el saqueo terrenal olvidan que los pueblos no se movilizan por axiomas de mercado, sino por pasiones compartidas, por historia encarnada. A veces desmemoriada.
El fútbol, en su dimensión más profunda y sagrada, operó no como anestesia, sino como estimulante. Como el corazón de un mundo que se pretende dejar sin corazón; de puras mercancías.
(*) Docente de la UNaM (Universidad Nacional de Misiones)